Una palabra, mil emociones

Nacho Novoa – Escritor

Amor de botella de mar.

Hay historias que no deben ser contadas pero sí permanecer en el recuerdo. Una de esas es la nuestra. Podríamos haberla guardado en una botella y tirado al mar, quizás así te olvidaría y este me traería una mejor historia, otra botella de la que beber. 

Quedamos un viernes y te conocí al lunes siguiente, fue un fin de semana en el que me embriagué de ti y se convirtió en la resaca más larga de mi vida. Tenías esa capacidad de hacer que el tiempo se tomara unas vacaciones los fines de semana y convertir nuestras conversaciones en un parque de atracciones. Jamás había reído y llorado en la misma frase o sentido miedo y valor al desnudarte. Eras mi agonista y antagonista, un remedio sin enfermedad.  

Desde entonces fui preso en tu libertad, vivías a tu manera y con tus reglas. Me enganché a tu juego de contrastes, a tus vermuts sin aperitivos, a tus largas noches sin amaneceres y a tu cintura. Me encantaba jugar con los lunares de tus caderas, eran tres, y ninguno me pertenecía, siempre soñé con tatuarme uno para así corresponderte. 

Los lunes por la mañana, aún con tu sujetador entre mis sábanas, deseaba que te quedaras, pero yo no formaba parte de tu vida. Cerrabas el parque de atracciones y te ibas en busca de otros negocios. Aunque sabía que tu tren tenía otras paradas en el camino, te esperaba en la misma estación los viernes. Mi espera siempre era larga, pero llegabas puntual a tu cita.  

Aparecías con paso firme y elegante, el aire se abría camino para dejarte pasar, lo acariciabas con tu ondulada melena y clavabas tu mirada en mis ojos cuando te parabas justo delante de mi. Yo conocía las paradas de tu tren, yo solo era un transbordo, pero tu mirada me dejaba sin argumentos y tu escote indefenso, sabía que iba a descarrilar por ese precipicio una vez más.  

Me encantaba recorrer las vías de tus tres lunares, desde el viernes por la noche hasta el amanecer del sábado. Intentaba escuchar en tus gemidos mi nombre, solo para sentir que por un momento fuiste mía, que por fin deseabas quedarte y sentar la cabeza. Quería unir tus lunares con el de la comisura de mi boca, ese que me decías que tanto te gustaba, y dibujar la sonrisa que juntos merecíamos esbozar.  

El cuarto viernes simplemente no apareciste, ni una nota, ni una llamada, me quedé esperando en mi estación, esa que nunca fue tuya. El vagón de tu risa, la que adornaba todas tus frases dejó de sonar para dar paso al silencio de mi almohada y la calma de mis sábanas frías.  

Nuestro idilio se convirtió en mi más larga resaca, como dice la canción de Sabina, fueron 19 días y 500 noches. Por suerte, el mar me ha devuelto otra botella, tiene mi nombre grabado. 


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Con cariño,

Nacho



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